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Transfóbia y homofóbia en Latinoamérica

por Norma Magrovejo

Amenazas de muerte. Detenciones arbitrarias y asesinatos de activistas, principalmente travestís. Propaganda que incita al asesinato. Cartas-bomba enviadas a organizadores de una Marcha del Orgullo. Violenta interrupción policíaca de otra Marcha. Negación de personería jurídica a organizaciones comunitarias. Esto y mucho más figura en la lista de crímenes y violaciones de derechos humanos contra lesbianas, gays, transgéneros y bisexuales que compila cada año el programa para América Latina de la Comisión Internacional de los Derechos Humanos de la Comunidad Gay y Lésbica (IGLHRC).

En América Latina, algunos países, como Nicaragua y Puerto Rico, validan aún la penalización de la homosexualidad. Otros tienen disposiciones municipales que dan a la policía local amplio margen para detener a homosexuales bajo cargos en los que la moralidad es un valor discrecional que permite la impunidad.

México: 190 asesinatos

En México, aunque la homosexualidad no está penalizada, la Comisión Ciudadana contra Crímenes de Odio por Homofóbia ha reportado 190 asesinatos por odio homofóbico de 1995 a 1999 (179 hombres y 11 mujeres).

En su investigación, la Comisión Ciudadana encontró que la gran mayoría de las víctimas fue asesinada con extrema violencia y saña, y que muchas fueron torturadas. A diferencia de otros homicidios, estos son verdaderas ejecuciones. Los victimarios necesitan no sólo inflingir un daño a las víctimas, sino castigarlas hasta el exterminio.

En la historia de México a los homosexuales se les ha quemado vivos, se les ha hecho objeto de linchamientos morales sistemáticos, se les ha expulsado de sus familias y, con frecuencia, de sus empleos, se les ha encarcelado, expulsado de sus lugares de origen, exhibido sin conmiseración alguna, excomulgado y asesinado con saña por el sólo delito de su orientación sexual.

Además del vandalismo judicial, el siglo XX les deparó razzias, extorsiones, golpizas, muertes a puñaladas, asesinatos, choteos rituales y trato inmisericorde nada más, como dice el escritor Carlos Mosiváis, “por ser lo que son y cómo son”.

En la investigación policíaca de los crímenes homofóbicos aún imperan en México, como en la mayoría de los países latinoamericanos, la indiferencia, el desprecio y la negligencia por parte de las autoridades procuradoras de justicia. La calificación de estos asesinatos como “pasionales” contribuye a la extorsión policíaca y a su desatención.

La promoción de odio homofóbico proviene en gran medida de las autoridades de gobierno. Se destacan las persecuciones policíacas de homosexuales por parte de autoridades municipales que justifican sus acciones con programas de “profilaxis social” o “cero tolerancia al delito”, identificando a la disidencia sexual con la delincuencia o la inmoralidad.

Brasil, campeón

Con 35 asesinatos de homosexuales por año, México ocupa el segundo lugar, en cifras absolutas, de este tipo de crimen en 25 países del mundo, seguido por Estados Unidos, con 25 muertos. Sin embargo, es Brasil el que ostenta el horrible récord de ser el campeón mundial en los asesinatos de homosexuales.

En 2001 fueron asesinados en Brasil 132 homosexuales (88 gays, 41 travestis y 3 lesbianas). Cada tres días es asesinado salvajemente un homosexual, la mayoría víctima de un delito de odio. En su libro “El crimen antihomosexual en Brasil”, Luiz Mott y Marcelo Cerqueira ofrecen, con estas cifras, una radiografía de la crueldad y la extrema violencia que año tras año lleva a la muerte a más de un centenar de brasileños homosexuales.

“Gran parte de los homicidios fueron cometidos con rasgos de crueldad, tortura, uso de armas y elevado número de golpes, siendo ésta una de las peculiaridades del crimen homofóbico”, dijo Cerqueira en la revista gay estadounidense The Advocate.

Según Cerqueira, los homicidios suelen ocurrir en las capitales de los estados brasileños, los días sábados o en las noches de domingo. El 72% de las víctimas son afro-descendientes (mulatos o negros) de edades comprendidas entre los 18 y los 30 años y entre éstos se incluyen casi todas las capas sociales y profesionales. Cerqueira dijo que aunque ocurran con móvil de robo o en zonas de prostitución, estos homicidios son, en realidad, delitos de odio.

Agregó Cerqueira que muy pocos asesinos de homosexuales son identificados o juzgados. El 20% de los sospechosos son menores de edad y el 50% tiene menos de 21 años. Entre ellos predominan policías, jóvenes estudiantes, motociclistas, comerciantes, practicantes de artes marciales y desempleados.

Técnicas del odio

El asesinato y la violencia física no son el arma única de la homofobia. Una de las técnicas más eficaces del odio contra los homosexuales consiste en cerrarles todo espacio de expresión pública, reducirlos por el silencio al anonimato absoluto.

Homofobia es también la voluntad de ocultamiento, el negar la realidad homosexual a través de la banalización del tema, o de su reducción al sarcasmo fácil. Esto se manifiesta en todo los niveles de la vida social, comenzando por el ámbito de la vida familiar, donde el homosexual crece odiándose por ser lo que es, por no dejar de sentir lo que siente y por ser tan diferente.

Su silencio, su invisibilidad, su confinamiento en el closet se le presenta como la condición no negociable de su sobrevivencia social. El homosexual es siempre responsable de todo lo que le sucede, incluso cuando es violado multitudinariamente, incluso cuando es asesinado.

El blanco de la violencia han sido principalmente las personas más visibles o evidentes: travestis, transgéneros o líderes activistas que sufren agresión directa, tortura o asesinato de parte de particulares o de instituciones militares del gobierno.

Ante situaciones de riesgo, muchas lesbianas, gays, transgéneros y bisexuales latinoamericanos se ven obligados a huir de sus lugares de origen, en busca de otros territorios que les permitan una existencia más libre. Los que se quedan a menudo se convierten en extranjeros en sus propias patrias. El asesinato, autoexilio o exilio de sus líderes ha provocado la desmovilización de organizaciones LGBT en algunos países de América Latina.

Hoy se puede ripostar

La diferencia fundamental con épocas pasadas es la posibilidad que hoy existe de documentar los delitos y la represión contra los homosexuales. Y de verificar, señalar y registrar los avances contra la intolerancia y de sentar precedentes a través de triunfos jurídicos o culturales. Esto último se da de manera evidente en Estados Unidos, por ejemplo, donde en la mayoría de los estados existen legislaciones contra crímenes de odio, que crecientemente incluyen a los crímenes por homofobia.

En marzo del 2000, la Relatora Especial de Ejecuciones Extrajudiciales, Sumarias y Arbitrarias de las Naciones Unidas, Sra. Asma Jahangir, incluyó en su informe, por primera vez en la historia de esa comisión internacional, el tema de “la vulneración del derecho a la vida y la orientación sexual”. En el informe se dice que “deben adoptarse políticas y programas encaminados a superar los prejuicios y el odio contra los homosexuales y a sensibilizar a las autoridades y al público en general ante los delitos y actos de violencia dirigidos a miembros de las minorías sexuales”.

Los asuntos de la sexualidad son cada vez más importantes dentro del funcionamiento del poder en la sociedad contemporánea. La historia de la sexualidad ha sido una historia de control, oposición y resistencia a los códigos morales. Se encuentran ejemplos de resistencia en el surgimiento de las subculturas y redes de minorías sexuales desde fines del siglo XVII, fundamentales para el surgimiento de identidades homosexuales modernas que en los últimos cien años se han expresado como movimientos de oposición explícita, organizados en torno a la sexualidad y asuntos sexuales.

La búsqueda de libertad para la disidencia sexual implica principalmente el rechazo a los binarios (gay/hetero, hombre/mujer), que no dan posibilidades a construir identidades diferentes a las establecidas. Las categorías fijas de identidad son la base sobre la que se ejerce la opresión a la vez que la base sobre la que se asienta el poder político de un grupo.

Nuestras sociedades latinoamericanas, en constante reformulación, tiene la obligación moral de reformular al mismo tiempo sus leyes, reglamentos y modus operandi para ofrecer una convivencia incluyente donde las identidades individuales sean respetadas y sus derechos humanos garantizados. Es decir, que la disidencia sexual no sólo sea posible y esté garantizada en las grandes metrópolis como Nueva York o San Francisco, sino también en cualquier ciudad latinoamericana.

Norma Mogrovejo, investigadora en la Universidad de la Ciudad de México y el Archivo Histórico Lésbico "Nancy Cárdenas", es la autora de Un amor que se atrevió a decir su nombre. La lucha de las lesbianas y su relación con los movimientos homosexual y feminista en América Latina.

tomado de: http://www.carlaantonelli.com/
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Piedra de Toque. Mario Vargas Llosa
El pecado nefando
El País, 10 de agosto de 2003

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Lo que más me sorprende en el documento sobre las parejas homosexuales que dio a conocer el Vaticano el 1 de agosto --escrito por el cardenal Joseph Ratzinger y aprobado por el Papa-- no es la reafirmación de la doctrina tradicional de la Iglesia Católica que condena el amor entre personas del mismo sexo como "un comportamiento desviado" que "ofusca valores fundamentales", sino la vehemencia con la que en él se exhorta a los parlamentarios y funcionarios católicos a actuar para impedir que se adopten leyes que autoricen la unión homosexual o, si se aprueban, para frenar y dificultar su aplicación. En este caso sí que no parece funcionar para nada aquella sabia distinción evangélica entre lo que es del César y lo que es de Dios: el documento entra a saco en la vida política y da instrucciones inequívocas a los católicos para que actúen en bloque, disciplinados y sumisos como buenos soldados de la fe.

Con la misma claridad con la que ha fulminado el divorcio, el aborto, la eutanasia y la ingeniería genética, el cardenal Ratzinger y, tras él, el Papa Wojtyla, recuerdan a los parlamentarios católicos que "tienen el deber moral de expresar diáfana y públicamente su desacuerdo y de votar contra los proyectos de ley" que amparen los matrimonios homosexuales, y de "presentar enmiendas que limiten los daños" de semejantes leyes. Al mismo tiempo, los funcionarios católicos deben "reivindicar el derecho a la objeción de conciencia para no cooperar con la promulgación y aplicación de leyes tan gravemente injustas". La condena es todavía más rotunda en la adopción de niños por parejas homosexuales, práctica "gravemente inmoral" que, aprovechando la "debilidad" de un ser de pocos años serviría para "introducir al niño en un ambiente que no favorece su pleno desarrollo humano" ya que "las relaciones homosexuales contrastan con la ley moral natural".

Con argumentos así, aderezados con la presencia sulfúrica del demonio, la Iglesia mandó a millares de católicos y de infieles a la hoguera en la edad media, y contribuyó decisivamente a que, hasta nuestros días, el alto porcentaje de seres humanos de vocación homosexual viviera en la catacumba de la vergüenza y el oprobio, fuera discriminado y ridiculizado, y se impusiera en la sociedad y en la cultura el machismo, con sus degenerantes consecuencias: la la postergación y humillación sistemática de la mujer, la entronización de la viril brutalidad como valor supremo y las peores distorsiones y represiones de la vida sexual en nombre de una supuesta "normalidad", representada por el hetero sexualismo. Parece increible que después de Freud y de todo lo que la ciencia ha ido revelando al mundo en materia de sexualidad en el último siglo la Iglesia Católica --casi al mismo tiempo que la Iglesia Anglicana elegía al primer obispo abiertamente gay de su historia-- se empecine en una doctrina hoofóbica tan anacrónica como la expuesta en las doce páginas redactadas por el cardenal Joseph Ratzinger.

A juzgar por algunas reacciones y encuestas que leo en la prensa italiana --escribo estas líneas en la costa de Sicilia donde no llegan otros diarios europeos-- no toda la grey católica ha acatado con la docilidad debida el úcase vaticano. El senador Edward Kennedy, en Washington, declaró que "la Iglesia Católica debe ocuparse de religión y no de tomas de posición políticas" y reafirmó su apoyo a las uniones de parejas gays. Así lo ha hecho también el primer ministro canadiense, Jean Chrétien (católico), país donde está a punto de aprobarse una ley que autoriza el matrimonio homosexual. Según el Corriere de la Sera el 51.6% de los italianos favorece las uniones entre parejas del mismo sexo y en España, según un sondeo del diario El Mundo, el porcentaje favorable sería aún mayor: 53%. El mismo diario italiano transcribe una declaración contundente del dirigente demócrata-cristiano Pim Walenkamp, de Bélgica, uno de los cinco países europeos donde se han aprobado las uniones homosexuales (los otros son Dinamarca, Suecia, Holanda y Francia): "No daremos un paso atrás. El Papa haría bien de ocuparse de temas importantes como aquellos que tienen que ver con los países pobres del mundo, en vez de señalar con el dedo lo que hacen las personas en la intimidad del lecho".

La filípica anti-homosexual del Vaticano es tanto más sorprendente cuando que si ha habido una institución en el mundo que en los años recientes haya vivido en carne propia, el drama del homosexualismo y las nefastas consecuencias que tiene para los individuos particulares y para el conjunto de la sociedad el desconocerlo, condenarlo y cerrarle todas las vías de manifestarse, es la propia Iglesia Católica. Sólo en los Estados Unidos ascienden a centenares, y acaso millares, los casos de pedofilia, acoso sexual y homosexualismo en los colegios, seminarios, centros de animación cultural y deportiva dirigidos por la Iglesia Católica que han llevado al banquillo de los acusados a los sacrdotes, obispos, párrocos, instructores, catequistas, escándalos que no sólo han sacado a la luz un lastimoso trasfondo de "sexualidad pervertida" al amparo de la autoridad sacerdotal, sino que, desde el punto de vista económico han costado a la insitución eclesiástica en los Estados Unidos sumas astronómicas en reparaciones, compensaciones por daños y perjuicios y arreglos extrajudiciales. El caso, particularmente doloroso, del obispo de Boston sirvió para ilustrar mejor que ningún argumento racional la insensatez de imponer una ortodoxia sexual sin tener en cuenta la infinita variedad de matices de la personalidad individual y la manera tortuosa y trágica en que la naturaleza humana se rebela contra esas camisas de fuerza causando verdaderos estragos en su vecindad y, claro está, en la propia persona del victimario/víctima. Con toda esa experiencia vivida en su propio seno, hubiera cabido esperar que la Iglesia se mostrara más cauta, comprensiva y tolerante con el tema del homosexualismo. Pero el texto del cardenal Ratzinger muestra exactamente lo opuesto: un encastillarse con empecinamiento dogmático en una doctrina intolerante que, en la práctica y en los propios predios de la Iglesia Católica, va haciendo agua por todos los poros.

Pero, acaso este texto, púdicamente titulado "Consideraciones sobre el reconocimiento legal de la unión entre personas homosexuales" vaya dirigido, no tanto a contener la marea de permisividad y tolerancia en materia sexual qque va ganando a toda la cultura occidental, y contagiando a otras, sino a poner orden en el seno de la propia Iglesia Católica, donde, precisamente a raíz de los continuos escándalos de pedofilia y acoso sexual en que se han visto envueltos tantos sacerdotes y religiosos, se ha hecho público un estado de cosas que --utilizando la propia retórica y la moral de la institución que, ni qué decir tiene no son las mías-- el cardenal Ratzinger y el Papa llamarían de "profunda descomposición moral". Si ése es el propósito, tengo la seguridad de que está condenado al fracaso. Porque los escándalos sexuales recientes en el seno de las congregaciones, seminarios, colegios y parroquias católicos no resultan de un debilitamiento de la autoridad eclesiástica ni de la falta de disciplina interna, sino de una naturaleza humana que ni ahora ni antes pudo ser artificialmente embridada sin causar estragos y lacerar la sicología y la conducta de los seres humanos. La diferencia entre hoy y ayer, en materia sexual, dentro y fuera de la Iglesia Católica, no es de comportamiento. Éste no puede haber variado mucho porque aunque hayan cambiado muchas costumbres y creencias, las pulsiones, los instintos, los deseos y las fantasías que animan la vida sexual siguen siendo los mismos. Es de publicidad. Antes los escándalos podían ser ocultados y los pedófilos y acosadores sexuales salirse con la suya, como sigue ocurriendo todavía en las sociedades cerradas y sometidas a la dictadura religiosa. En las sociedades abiertas ello ya no es posible, porque la libertad ha ido abrindo todas las puertas y haciendo que lo que antes permanecía tapado y escondido se ventile a plena luz y llegue a los diarios, las pantallas de televisión y los tribunales. La verdad que se hace pública gracias a ello no concierne solamente a una realidad institucional, a los pequeños dramas y ecándalos que tienen como escenaria a la Iglesia Católica. Concierne a una verdad sobre el ser humano en general y a la identidad sexual de las personas, una identidad mucho menos rígida y unidimensional de lo que enseñaba la doctrina y mucho menos dócil a las enseñanzas pastorales de lo que la Iglesia sostiene.

Esa verdad no se puede ignorar, so pena de quedarse rezagado, cada vez más al margen de la historia y el mundo en los que vivimos inmersos, como ocurre con esas vehementes y feroces diatribas que de tanto en tanto escribe el cardenal Ratzinger y aprueba el Papa Wojtila, empeñados contra toda razón y admirable terquedad numantina en negar su tiempo y rechazar la vida. Los millones de homosexuales católicos que hay en el mundo no renunciarán a su sexualidad debido a las fulminaciones vaticanas. Aún cuando se empeñaran en hacerlo su propensión sexual terminará por encontrar unos resquicios a través de los cuales manifestarse y adquirir derecho de ciudad, a veces con grandes traumas y desgarramientos para el propio sujeto y sus próximos. No es el sexo, son la Iglesia y la fe católicas las víctimas privilegiadas de este nuevo manifiesto cavernícola.

(c) Mario Vargas Llosa, 2003
(c) Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario El País, SL, 2003.

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Se reproduce esta información sin afán de lucro, exclusivamente para fines de discusión y estudio.
SEXO ORAL

Experiencia religiosa

Desde la aparición de la pandemia del sida ha estado latente el debate de si el VIH se transmite por el sexo oral, pero es hasta años recientes que la preocupación se ha traducido en investigaciones científicas. En el texto que ofrecemos a continuación se abordan la percepción que al respecto se tiene, así como las conclusiones de los estudios más sólidos.




Por Antonio Contreras *


Durante la soltería, masturbación y sexo oral se consideran light en tanto que no comprometen, no embarazan y no rompen la virginidad. Incluso hay quienes no los califican como actos propiamente sexuales y minimizan sus riesgos. Diversas encuestas han mostrado que la mayoría de las personas sexualmente activas han practicado el sexo oral. El porcentaje se ubica en 75 por ciento en gran parte de ellas. Otros sondeos revelan que más de la mitad de la gente cree que el sexo oral no se puede calificar como sexo1. Esto puede deberse a que para el grueso de las y los adolescentes y jóvenes el guagüis no crea un vínculo emocional, sobre todo en el sector de hombres que tienen sexo con otros hombres (HSH), donde el sexo oral es casi una experiencia religiosa (todo mundo se hinca).

Hace algunos años, Inglaterra lanzó una fuerte campaña de promoción del sexo oral como método de prevención de embarazos no deseados y de infecciones de transmisión sexual (ITS). Los jóvenes ingleses estaban hartos de que les dijeran qué sí podían hacer y cómo, por lo que comenzaron a tener sexo desprotegido. Para no estigmatizar el condón, las autoridades de ese país recomendaron el sexo oral, con la certeza de que su práctica conlleva pocos riesgos. El propósito era no desalentar el uso de preservativos en otro tipo de contactos, como la penetración anal.

Exageración del riesgo

El año pasado, un estudio conjunto del Centro Sanitario Sandoval, la Universidad Complutense de Madrid, el Centro Nacional de Epidemiología y la Secretaría del Plan Nacional sobre Sida, de España, concluyó que se ha exagerado el riesgo de contraer sida mediante sexo oral. La base para tal afirmación es el estudio de diez años de duración que investigadores españoles realizaron en 135 parejas heterosexuales serodiscordantes. De 1990 al 2000 los investigadores dieron seguimiento a estas parejas, que tuvieron sexo oral sin protección pero utilizaron condones durante otros tipos de contacto sexual. Contando tanto felación como cunnilingus, los autores del estudio estimaron que ocurrieron 19 mil actos de sexo oral y los hombres eyacularon de 34 a 41 por ciento en los actos de felación. Ninguna pareja VIH negativo contrajo el virus.

Otra investigación, ésta más polémica, encontró que el riesgo de adquirir el VIH a través del sexo oral es de 8 por ciento. Se trata del estudio Options Project, realizado por los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC) de la Universidad de California, San Francisco, presentado en la Séptima Conferencia Nacional de Retrovirus e Infecciones Oportunistas, celebrado en 2000. El objetivo fue averiguar la extensión de la infección por VIH transmitida por sexo oral entre hombres que mantienen relaciones sexuales con hombres portadores del VIH dentro de los 12 meses de haber sido infectados. El estudio se centró en relaciones sexuales orales entre hombres, pero el concepto es válido también con respecto a sexo oral de mujer a hombre.

Entre las conclusiones del estudio destaca que la probabilidad de transmisión del VIH desde una persona infectada hacia otra no infectada varía significativamente dependiendo del tipo de exposición o contacto involucrado. El riesgo de resultar infectado durante una relación sexual oral no protegida (sin usar preservativos) es menor que en una relación sexual anal o vaginal no protegida. Pero si se realiza con la suficiente frecuencia, el sexo oral puede ser una vía de transmisión importante. El Options Project encontró que 7.8 por ciento de los hombres homosexuales que participaron en el proyecto resultaron infectados (ocho de 102), probablemente a través del sexo oral. La mayoría de estos hombres creyeron que el riesgo era mínimo o no existía. Cerca de la mitad (tres de ocho) refirieron problemas en la cavidad bucal, incluyendo sangrado de encías en forma ocasional, y casi todos (siete de ocho) admitieron haber tenido contacto oral con semen o las secreciones anteriores al semen.

Sin embargo, se aclaró que es muy difícil identificar la transmisión oral como el único factor en la infección por VIH, dado que muy pocas personas realizan exclusivamente sexo oral. De los ocho casos, cuatro tuvieron coito anal protegido sin rotura del preservativo con personas con VIH o cuyo status serólogico era desconocido.

Transmisión oral del VIH, "acontecimiento muy raro"

Para los autores del estudio lo anterior fue un hallazgo sorprendente, ya que el riesgo de transmisión por sexo oral (8 por ciento) es más alto de lo que muchos investigadores habían encontrado en otros estudios. De acuerdo con el doctor Frederick Hecht, de la Universidad de California en San Francisco (UCSF), "hay bastante menos sexo anal que hace unos años, [pero] no se ha visto la misma reducción en el sexo oral sin protección, actividad que probablemente se ha convertido en un importante modo de transmisión". El mismo Hecht observó que el sexo anal receptivo sin protección tiene 100 veces más posibilidades de transmitir el VIH que el sexo oral. Helene Gayle, de los CDC, comentó que si el sexo oral en sí tuviera un gran papel en la propagación del sida, hubiera surgido como riesgo obvio durante los últimos 20 años.

Según otra investigación de la misma Universidad de California, la transmisión del VIH a través del sexo oral receptivo sería un acontecimiento muy raro (el estudio demostró una probabilidad estadística cercana a cero) y es más improbable que la cópula anal receptiva usando condón. El grupo de investigadores, encabezados por el doctor Page-Shafer, recolectó datos sobre 198 hombres gay y bisexuales que habían participado exclusivamente en felación durante los últimos 6 meses. El 98 por ciento de las parejas practicó el guagüis sin protección y 20 por ciento tuvo al menos una pareja VIH-positiva. Sólo una persona resultó infectada, aunque es probable que adquiriera el virus antes de iniciar el estudio y tal vez no por sexo oral.

En referencia a la investigación de sus colegas, en la que se encontró que 8 por ciento de los estudiados se infectó con el VIH a través del sexo oral, Page-Shafer dijo que la muestra elegida no fue aleatoria, además de que cuatro de los ocho que inicialmente se identificaron como infectados oralmente, tuvieron sexo anal receptivo con condón. Es peligroso, señaló, incluir el sexo anal con condón, pues tiene un gran riesgo de transmisión por roturas o deslizamiento. Pero lo más importante, concluyó, es que los ocho casos descubiertos en ese estudio no son representativos de la población infectada con VIH.

Como quiera que sea, Michael Allerton, líder de política de operaciones de VIH en Kaiser Permanente Medical Group en Oakland, California, advierte que aun si el riesgo de transmisión de VIH es bajo, el sexo oral no está libre de riesgos, pues por esta vía se puede contraer gonorrea, sífilis o herpes.

1 Si requieres datos más específicos puedes teclear "sexo oral" + encuestas en cualquier buscador de Internet.
Fuentes:


http://www.healthfinder.gov/news/newsstory
http://www.sfaf.org/tratamiento/betaespanol
http://www.thebody.com/sfaf/espanol/transmision
http://www.adusalud.org.ar/info/sexo-oral.htm
http://www.aac.org/wellspringhtml
http://www.teenwire.com

* Tomado del suplemento Letra S, 5 de junio, 2003.



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